El perseguidor de la luz de Yuri Soria-Galvarro / Reseña de Gustavo Marcovich
2019-06-14
Por Gustavo Marcovich
"Volver al sur es finalmente es eso: la bitácora de un sueño, el itinerario de las almas vencidas interpelando a la memoria del olvido”. Y no hay nadie en este momento que desee volver al sur más que Yuri Soria-Galvarro, que ya lleva una semana por acá (Valle de Bravo, Estado de México) y tiene el cuerpo destrozado, pero sólo por dentro.
Leí el libro de Yuri primero con atención y luego con gusto. Con atención porque la vez pasada fuimos a la FIL a presentar otro de sus libros, uno de cuentos, creo, y no hice la tarea y eso es muy feo, y tuve que improvisar ante un público exigente, algunos con bigote y pistola al cinto, por no hablar de mi tía Mabel, la de Guadalajara. Después lo hice con gusto porque encontré mucha similitud entre la vida del personaje de esta novela, que ya no sé cómo se llama, y la mía.
“Los viajes en velero, sobre todo cuando cruzas un océano, te mantienen continuamente ocupado, o quizás uno se inventa labores para no pensar en la soledad y en el mar interminable…” Y yo una vez navegué a la deriva por el mar Caribe tratando de llegar de Cozumel a Belice y fue un verdadero desastre. Luego se los cuento.
El tipo, el perseguidor de la luz, huye de la dictadura chilena y navega hasta África. Mi familia huyó de la dictadura argentina y amaneció en Puebla, que en aquel entonces era territorio tan salvaje que hasta tenía o tiene un Africam safari.
“Creo que es lo que le pasa a todo el mundo cuando tiene libertad para desplazarse, prefiere un espacio cerrado, una casa, un bar, busca esa seguridad ilusoria del techo, o quizá sólo somos seres de costumbres”. Y sí, a mí lo que más me gusta es quedarme quieto.
Aquí paro un poco para recalcar que es la primera novela de Yuri y que está muy buena, sobre todo porque se sale de ese ámbito bucólico que es la Patagonia más austral que se pueda imaginar y sale a dar la vuelta por el mundo.
El protagonista tiene un padre desastroso, lo cual no es mi caso. Por cierto, en estos días cumple 30 años de muerto. Mi padre era un tipazo. Luego, hablando con Yuri al fragor de mil tequilas, me confesó que su padre era también un buen hombre, preocupado por las causas más nobles y que como médico se consagró a ellas.
En la página 34, al protagonista le dan su primer beso, aunque cuando era un niño. Y sí, a mí también me dieron un primer beso, aunque no recuerdo quién ni dónde. El cómo, sí: con los labios.
En el capítulo Puerto Montt, marzo de 1981 (aprovecho para contarles que Yuri vive en ese pueblo famoso por una canción creo de Los iracundos), el joven vivisecta, que no viene de vivir en una secta sino de abrir animales con fines de estudio, conejos y eso. Yo también lo hice cuando estudié química (aunque con ratas) y luego en un trabajo, ahí sí con conejos. Y era asqueroso. Por eso Dios inventó la piel, para contener y ocultar todo ese revoltijo de tripas.
La madre del tipo este, todavía no recuerdo el nombre, insiste en mantenerse sola y asegura que nunca viviría en una ciudad sin árboles. Y así era mi madre, que este año cumplirá 20 de muerta y que ahora estaría muy triste de ver la devastación arbórea que sufre Avándaro.
“Con Elena llevábamos muchos años juntos y habíamos alcanzado una relación madura y respetuosa, nos queríamos con las cantidades suficientes de ternura y pasión para creer que era la definitiva…” Y ése soy yo con Mariana, y que, para ponerle números, cumpliremos este año como 32 de estar juntos y eso me da contento.
“Estos años pasarán sin duda, vendrán mejores épocas, quedará el recuerdo de haber hecho lo correcto, de haber luchado contra el horror y quizás algún día podremos hablar con nuestros hijos de dignidad, mirándolos a los ojos”. Y a eso aspiro yo, que, aunque Pinochet se nos escapó con vida, aunque luego se murió, y que hay infinidad de pinochetitos caminando por estas calles (en realidad andan en camionetotas), y que nuestras luchas suelen no acabar bien, estoy seguro de que ganaremos, no en lo superficial del triunfo, sino en el poder caminar con dignidad y sin guaruras.
El tipo huye de Chile “portando la derrota y la felonía a cuestas, la rabia se había esfumado, la rabia que era el alimento cotidiano y nos mantenía vivos, se desvaneció cuando fue evidente la traición y dio paso a algo parecido a la vergüenza”. Así fue, así es. Y luego entra a un bar, donde el dueño era un “pelado facho conchasumadre”, y cito “tenía un libro en la mochila, decliné ponerme a leer, sería sospechoso, la ironía era simpática”. Y sí, leer todavía parece un acto subversivo, aunque nadie lo note porque van con la cabeza fija en sus dispositivos móviles, o sea, celulares, y de tanto ver ya no ven.
“Hay quienes cantan en la ducha, a mí el agua siempre me ha ayudado a pensar”. Y yo soy igual, en la regadera, manejando, viendo la tele o en el Zina bus, es cuando pienso en algo un poco. Cuando menos me sale, es cuando me pongo a pensar.
“Lo importante es tener futuro, o, al menos, confiar que se tiene, hacer planes, no del tipo de comprarte una casa o un auto y casarse de blanco; cosas más cotidianas y naturales, cocinar por las noches, tener una mascota, viajar juntos y follar, sobre todo follar, que es algo que se hace al menos de a dos”. Aunque no me gusta la palabra “follar”, porque me suena a follaje.
También hay poesía: “El mar es añoranza, lo más parecido al infinito que podemos comprender, paz y tormenta, su presencia no agobia, pues el sonido de las olas es un reloj que domestica el tiempo y lo devuelve plácido, digerible”.
De José Donoso, un narrador sólido, dice que “quizás equivocó su lugar de nacimiento y debió hacerlo en el delta del Río de la Plata que es donde están los narradores importantes en Latinoamérica”. No, pues sí. Aunque Violeta Parra, Víctor Jara, 31 minutos y Cazely…
“Suena mi teléfono móvil; todavía no me acostumbro al ruido histérico y su afán de entrometerse en la apacible vida de ermitaño que llevo en esta ciudad repleta de gente”. Y aquí cito a TS Elliot, no de que lo quedo de ver aquí a tal hora, sino que le robo algo, pero con comillas: “¿Dónde está la vida que perdimos viviendo? / ¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento? / ¿Dónde está el conocimiento que perdimos en la información?”
Y opinamos lo mismo de los árabes: “Es una verdadera maldición para los árabes que, además de haber nacido en un desierto, floten en un mar de petróleo; eso sólo les ha acarreado desgracias y oscurantismo”.
“No tengo la receta para un mundo mejor —le dice a su Elena—, pero hay cosas que no están bien, por los que vienen, por el hijo de Rocío, por los que quizás alguna vez tengamos nosotros. Debo hacer algo”.
Y hasta ahí las coincidencias que les puedo contar. Si las novelas nos dan la oportunidad de vivir la vida de otros, ésta me dio la chance como de revivir mi propia vida. Es una novela pausada, armoniosa, como se acostumbra por allá y que, definitivamente, vale la pena leer y, mejor que leerla, comprarla.
Ah, Osvaldo, el protagonista se llama Osvaldo
PD.-. En la página 117 aparece un tipo muy parecido a mí y tal vez, quizá, yo estuve ahí.
Presentación leída el 8 de junio de 2019
Casa Museo Joaquín Arcadio Pagaza (Valle de Bravo, Estado de México).
