Consultó el libro de hechicería varias veces y experimentó con sujetos de prueba hasta perfeccionar el toque áureo. Al morder una manzana sin estrellarse sus dientes contra con una lámina de oro, supo que era seguro. Acarició a su perro, al gato y a su hijo tantas veces ignorados por su permanencia en el laboratorio. Mientras, a su paso, los sillas, las camas, el fregadero se iluminaban con el brillo metálico. Agotado, se recostó a una pared que se derrumbó en una multitud de monedas. Con el ceño fruncido, sopesó el peso de una de las piezas en su mano. En el banco le prometieron, al ver su rostro demacrado, que, a la mayor brevedad, le cambiarían los centimos.
Malvadisco
19 de April de 2018 / 04:35
Midas el pobre 19 de April de 2018 / 04:35
Malvadisco
taller 21 de April de 2018 / 12:51
Carmen Simón
 

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