Alexandros está sentado en la escalera de mármol en la palestra, le rodea un aura brillante, es el sol sobre su cuerpo aceitoso. Está desnudo y espera a su adversario de todas las mañanas.
Ladea la cabeza y con su ojo marrón divisa a Hefestión en el peristilo caminando hacia él. Abre la boca y se pasa la lengua por sus labios resecos, éste trae un escudo y una espada corta y su verga se cimbrea a cada paso.
Se sienta en el escalón inferior, apoya la cabeza en el abdomen, le mira, se ríe y luego se besan. Saca Alexandros el frasco del ungüento y lo aplica minuciosamente, al llegar a los muslos se demora más de la cuenta, vuelve a reírse el comandante de caballería.
Los golpes contra los escudos reverberan entre las columnas, ninguno domina el lance, sudan copiosamente y deciden luchar cuerpo a cuerpo. Se abrazan, se traban las piernas, unas veces está uno delante y otro detrás, no se sabe quién, se funden y se oye como un siseo de serpiente, piel con piel. Caen al terrero enfrentados, se miran jadeantes y vuelven a besarse.
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