Con Rosita, jugábamos al paciente y a la doctora. Hacíamos el consultorio con paredes de cartón o sillas y poníamos una cobija como techo. Me acostaba en el suelo y ella me auscultaba con su estetoscopio de plástico, vistiendo una bata blanca. Una vez que me presenté en pantalón corto, después de su rutinaria revisión, preguntó:
—¿Qué tienes ahí?— señalando hacia mis genitales —bájatelo—,ordenó.
Lo hice y dije:
—Es algo que, cuando crezcas, te va a gustar mucho.
—Estás loco— dijo al salir de la casita, riéndose —esa cosa tan pequeña no le gustaría a ninguna mujer grande— y se alejó junto con su burla interminable.
Héctor
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Héctor
 

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