Los diez inquilinos del viejo edificio vivíamos bajo la constante amenaza de nuestro abusivo e intolerante casero. Todo cobró sentido cuando, al llegar a la puerta para exigirnos la renta, vi caer desde la azotea un pesado cilindro color amarillo ocre sobre él. Entonces recordé las palabras del vecino del seis: "creo que un poco de gas mostaza lo pondrá quieto".
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