Cuando el cerúleo heredero sucesor al trono estaba a punto de besar a la hermosa y adormilada doncella, que yacía inerme sobre un túmulo en la floresta, apareció el hada madrina y le marcó el alto con un sonoro silbatazo. Enérgica, varita en mano y con tono admonitorio, lo previno del peligro de contagio por obsequiarse ósculos entre desconocidos en estos tiempos de pandemia. Apenado por la impertinencia, el mancebo inclinó la testa, se cubrió nariz y boca con su capa y, montado en su albo corcel, huyó presuroso con la promesa de volver después de la cuarentena para revertir el hechizo. Mientras eso ocurre, acunada en el confort cotidiano de los brazos de Morfeo, la moza deberá esperar a que termine la pesadilla, tal vez a otro príncipe más dispuesto a correr riesgos o a uno inmune al virus, como un batracio verdoso de alguna charca maloliente en los alrededores.
F.C. Perezcardenas
29 de June de 2020 / 04:45
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