“Infierno”, primer lugar del Concurso de Cuento Navideño


Karen E. Villalón
2017-01-30

Un día en el infierno el diablo gritó a voz de cuello que había llegado Fidel. Si estaba ansioso por colocarlo en primera fila de los abrasados por las llamas de fuego y azufre, o si estaba alebrestado porque creyó que Fidel tardó en llegar a su lado, no lo supe en ese momento. Sin embargo, antes de que terminara la jornada, en cada rincón había volado la noticia de una importante reunión para decidir el futuro del antiguo mandatario, para dictaminar qué sitio de honor ocuparía. Eso me llenó de desasosiego. Yo, que me esmeré durante mi vida para conseguir un lugar en las filas de Satán. Y que llegara aquel personaje que, a opinión de algunos, merecía haber llegado con nosotros al infierno. Y, a opinión de otros, debió de ir directo al Paraíso; deslucía mis méritos.

¡Oh!, qué mal me había caído encima, ¿qué cosa buena tenía dentro de mí que el diablo no festejó mi llegada igual que la de Fidel? Eso me convertía en una verdadera alma en pena. Mis sueños de maldad se destruyeron y mi oscuro corazón cayó en decadencia.

Para colmo, en la víspera de Navidad el diablo anunció que el viejo de Fidel sería su mano derecha. Comprendí que, de no hacer algo, yo estaría condenado a la tragedia. Durante las siguientes horas mi mente no dejó de pensar en mil maneras de deshacerse de Fidel, hasta que me llegó la inspiración de un plan. Tomé prestada la túnica y la hoz de la Muerte. Pensé en la única persona viva y con más maldad que inclusive Fidel, alguien capaz de cometer actos malsanos como ningún otro poderoso mandatario de la actualidad se atrevería hacer.

Invoqué su nombre en voz alta por tres ocasiones:

Donald Trump, Donal Trump, Donald Trump dije, hasta que un torbellino me llevó ante él.

¿Quién es? preguntó.

Llegué en medio del fuego de una chimenea, interrumpiendo la soledad del futuro presidente.

Soy la muerte y he venido por ti le respondí.

—¿La Muerte? Eso es imposible replicó. Ésta y yo tenemos un trato y sé que no vendrá por mí.

¿Era eso cierto? Jamás había escuchado que la Muerte hiciera tratos.

Además, la he visto de frente y tú no eres la Muerte.

No logré engañarlo, pero si Trump y ésta hicieron un trato, tal vez también podríamos hacer uno.

Tengo una propuesta que hacerte, Donald Trump.

Me gustan los tratos, habla me exigió.

En mi mente pasaron con celeridad los planes, pensamientos de grandeza y de librarme para siempre de Fidel.

Debes decirme, ¿qué es eso que anhelas, algo por lo que estarás dispuesto a hacer lo que te pediré?

Veamos… me dijo—. Tengo dinero, una familia, seré el presidente más grande del mundo...

Un momento le interrumpí. Eso era el punto débil de Trump: su orgullo. Tengo una noticia para ti, el mejor presidente no serás tú, sino el gran Fidel Castrodije, mordiendo mi lengua al decir tan falsa afirmación.

¡Fidel Castro! escupió. Jamás. Ni siquiera sigue con vida.

Yo estaba cantando victoria. Mi esperanza se hacía más fuerte mientras veía el rostro amoratado de Trump conforme decía con desdén cada una de sus palabras.

¿Y dónde crees que está ahora? Se encuentra en un interminable festín. El mismo diablo le ha dado por su amigo, compadre de maldad, el lugar de honor más grande.

Trump se quedó un momento en silencio, meditando.

Ya sé que es lo que quiero. Haré un trato contigo, dime qué debo hacer y tú encárgate de que sea el presidente más reconocido de la historia me dijo.

No hacía falta cumplir con mi parte, sólo debía parecer que así lo haría.

Deberás rendirle homenaje a Fidel, que la gente sepa lo bueno que era. Reconoce sus logros y él tendrá que irse del infierno. Y a donde va, no será el mejor de cuantos estén ahí. Yo me encargaré de que celebren tu victoria por la eternidad, cuando llegues al otro lado.

Y antes de que pudiera decir nada más, me esfumé de regreso al infierno.

Nadie se percató de mi salida, ni siquiera la Muerte, de quien esperaba que no subiera al mundo de los vivos por un largo rato.

Al día siguiente me enteré de los movimientos de Trump. Hizo lo que le dije (a su manera), movió sus influencias, amenazó y pagó miles de dólares para que alguien más reivindicara a Fidel ante el mundo. El 24 de diciembre se declaró como el día del “gran Fidel Castro”. El luto por él duraría un año. Se abrirían hospitales y escuelas con su nombre, como el héroe que planeé que fuera. Jamás se supo quienes estuvimos detrás de esto. A partir de entonces, me he compadecido de aquellos que están del lado equivocado de Trump, quienes no tienen oportunidad de hacer lo contrario a lo que él desea. Aunque no imaginé que yo sería uno de ellos.

Este es mi propio infierno: Fidel desapareció de entre nosotros al ser solicitado para irse al Paraíso. Trump llegó al infierno la noche de Navidad, cual irónico e inesperado regalo ante nuestra puerta. Resultó que la Muerte tampoco cumplió su parte del trato. Y sí, Donald Trump ocuparía el lugar de honor. Esa Navidad fue la peor de todas para mí, sin Fidel, pero con Trump a mi lado y por la eternidad.