Cuando papá oyó que tocaban a la puerta, se levantó del sillón y fue a abrir.
—No te esperaba —dijo.
—Todos se sorprenden al verme, no eres la excepción —contestó la señora.
Yo había empezado a rememorar cosas: mi primera comunión, el día en que me llevaron al circo, un beso que me dio una niña apenas un par de días antes en nuestro salón de clases. Sentí esa ligereza que me entibió el pecho al rozar sus labios con los míos, la certeza de haber descubierto algo único en mi joven vida.
—Estoy listo —indicó mi padre.
—No he venido por ti —espetó ella.
Papá comenzó a implorar con un llanto entrecortado de sollozos, pero era todo en vano. Como un viento frío mi alma se desprendió del cuerpo. Me agarré a la mano calcárea para partir a la eternidad. Allá dentro de la casa mi viejo no sufriría mucho, porque en solo unos días la Muerte, disfrazada de suicidio, volvió a llamar a su puerta.
Elisa A.
04 de Noviembre 2018 / 13:19

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Elisa A.
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         Elisa A.

 

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