Camino a paso de tortuga. No quiero ir al velorio pero Luciana insiste. “Era tu mejor amigo”, dice. Y tiene razón. Hace una semana me había llamado para que nos reuniéramos a jugar al pool, como antes. Le dije que no podía, que tenía que levantarme temprano para llevar los chicos a la escuela. Mentí. Al colegio siempre los lleva Luciana. Me detengo como una mula a una cuadra de la sala velatoria, y mi mujer dice: “No tengas miedo, yo voy a estar a tu lado”. Ella está conmigo pero pudo haber estado con él. Hace veinte años jugamos unos partidos de pool que definirían nuestras vidas. Luciana nunca lo supo pero los dos andábamos atrás de ella. Nuestra amistad corría peligro. Dijimos: “El mejor de una serie a cinco partidos tiene vía libre con Luciana, el otro se hace a un lado”. Sobra decir que estábamos medio borrachos, pero siempre fuimos tipos de palabra. Cuando metí la bola ocho, que ponía la serie tres a dos, él se quedó sereno como un árbol, un poco emulando el título de aquella obra que habíamos leído en el colegio “Los árboles mueren de pie”. Luciana me tira del brazo. Yo me casé con ella, tuvimos tres hijos, somos felices. Él permaneció soltero. Y se distanció para no estorbar. El otro día me llamó para jugar al pool. “Una última partida”, dijo. Le contesté que no podía. Mentí. Estaba enfermo y le restaban pocos días, supe después. Luciana me ayuda a traspasar el umbral. Pienso que si yo hubiese perdido la serie, yo me hubiera quedado soltero como él. Así la amábamos. Les damos nuestro pésame a los padres y nos acercamos al féretro. Lagrimeó. Luciana me consuela. Él me llamó para jugar al pool y yo le dije que no podía.

Mentí.

Wolf
09 de Octubre 2018 / 04:37

Los árboles mueren de pie 09 de Octubre 2018 / 04:37
Wolf

 

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