Llegó a su casa casi amaneciendo. Azotó la puerta y tiró por accidente un retrato. Pensó que había sido silencioso, así que cuando vio a María despierta se sorprendió. La mandó a dormir con palabras apenas entendibles y se acostó en el sillón.
Al mediodía, al despertar, María estaba frente a él: «Tengo hambre». Se levantó a preparar el desayuno. María se acercó y le dio unas monedas: «Para el pan». Contó las monedas, suficientes para la noche: «¿Qué pan, niña? Ahí hay comida». «Para mamá. Es dos de noviembre». El carraspeó y escupió un gargajo, estaba mareado: «No me vengas con chingaderas. Ponle una majada de vaca y flores del patio. Ve y déjame dormir»
Esa la madrugada, avanzaba hacia su casa trastabillando, ora a la izquierda, ora a la derecha. Frente de él, a las afueras del pueblo, vio una procesión. Hombres, mujeres y niños caminaban cargando canastos de comida, pan de muerto y flores. «Pinche gente loca». Entre ellos vio un rostro conocido. Se golpeó las mejillas, para despejar su aturdida mente. No había duda: era su mujer, llevaba la majada de vaca y un puñado de malezas. «Pinche gente», dijo mientras sus lágrimas escurrían.
Caim Reyes
04 de Octubre 2018 / 13:31

Pan para mamá 04 de Octubre 2018 / 13:31
Caim Reyes

 

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