Ante la repentina tempestad, el capitán ordena que aseguren la carga con cuerdas y que un hombre armado se sume al clérigo y la vigile. La misma consiste en una caja de tres metros de altura por uno cincuenta de ancho y de profundidad. Nadie sabe que contiene. La abstraída presencia de aquel sacerdote, que camina alrededor de la caja mientras reza, no hace más que aumentar los rumores entre la tripulación. Algunos dicen que se trata de una reliquia sagrada; otros, de un artefacto demoníaco. Lo cierto es que hasta ahora había sido una travesía sin mayores contratiempos. Pero la tormenta ha puesto inusualmente nervioso al capitán, que maldice cada vez que las olas sacuden al barco y mojan su rostro. Bajo cubierta, entretanto, un marinero provisto con un fusil observa al religioso y le pregunta:

—Padre, ¿qué hay en la caja? —El hombre de fe lo ignora y continúa rezando.

Entonces, el viento y las olas arrecian, y el barco no llega a escorar de milagro, pero las cuerdas se rompen o se sueltan y la caja cae hacia un costado. El clérigo se acerca y la ausculta.

—¡Gracias a Dios, continúa dormido! —exclama.

Y antes de que el marinero haga la pregunta obvia, una especie de rugido se impone en violencia a los truenos. Acto seguido, la caja se deshace en manos de aquel esperpento que mira al cura y al marinero y otra vez al cura.

—¿Dónde estamos? —quiere saber.

—En medio del mar, rumbo a Roma.

—¡Decidle a vuestra Excelencia que jamás volveré! —vocifera, y sacudiéndose de las alas los restos pétreos, mal camina hasta la cubierta y gana el cielo, que ya ha comenzado a despejarse.

Recién entonces se oye un disparo.

Anubis
09 de Septiembre 2018 / 17:45

La carga 09 de Septiembre 2018 / 17:45
Anubis

 

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