El padre Mario quería adornar cada una de las esquinas de su iglesia con una gárgola. Pero como las contribuciones de los fieles eran insuficientes para hacerlas de piedra, habló conmigo para que las tallara en madera. Yo ignoraba lo que era una gárgola, y cuando lo supe no me agradó la idea.

—Padre, aquí le traigo los bocetos de unos ángeles… —le dije al día siguiente.

—Ángeles, no; Gárgolas. Pero si éstas escapan a sus habilidades, se las encargo a otro.

El curita sabía pegar donde duele.

—En seis meses se las tendré listas —le dije mientras hacía papel picado con los bocetos.

Al cabo del sexto mes golpearon a mi puerta. Lógicamente, era el padre Mario. Con la mirada encendida, caminó alrededor de cada una de las esculturas, pero al llegar a la tercera y la cuarta arqueó las cejas.

—Hay un problema —dijo—. ¡Estas dos son hembras!

—¿Qué dice? ¡Si yo ni siquiera pensé en ponerles sexo!

—No obstante…

—¡Ah, bueno!, dígame, ¿cómo sabe que estas dos son hembras?

—Entre otras cosas, por la mirada de los machos.

Y ciertamente descubrí un fuego en los ojos de aquellas gárgolas que yo no había puesto ahí.

—¡Cosa de mandinga! —dije y me santigüé.

—No se preocupe… ¡Donde hay amor no hay pecado! El viernes las casamos y el domingo las encaramamos al techo de la iglesia.

—¿Y el sábado? —quise saber.

—Aunque breve, la luna de miel, por supuesto.

Y por mi madre, que Dios la tenga en la gloria, juro que algo parecido al rubor iluminó entonces las cándidas mejillas de las hembras.



Escipion
08 de Septiembre 2018 / 06:22

Las gárgolas del padre Mario 08 de Septiembre 2018 / 06:22
Escipion
         Taller, seleccionada.12 de Septiembre 2018 / 01:08
         Tequila

 

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