Todas las tardes, el anciano se sentaba frente al mar con una foto amarillenta, también de cara al mar, a su lado.

—Hace un poco de frío, Marta, pero el solcito está lindo, ¿no? —decía, y posaba una mano a forma de abrazo sobre la imagen.

A veces el viejo agarraba la foto y caminaba hasta el borde mismo del agua, porque según él, ella se lo pedía, y se quedaba allí, conversando con los recuerdos como un árbol conversa con los pájaros.

Yo, para descansar de mi hábito de correr, solía sentarme junto a la pareja. La primera vez que lo hice, el viejo se molestó y no me devolvió el saludo. Pero unos minutos después me dijo:

—Marta acaba de regañarme por maleducado. Disculpe usted. ¡Buenas tardes!

—¡Buenas tardes! —le volví a decir, sonriendo, y nos demoramos más de una hora charlando.

Cada tanto intervenía en la conversación Marta, que estaba al día con las noticias, ya que por las mañanas entre mate y mate el viejo le leía los diarios. Lo más curioso, no obstante, era que ella y yo coincidimos en nuestro gusto por Nino Bravo; gusto que, vale mencionarlo, heredé de mi abuela. Al cabo, cuando me puse de pie, el viejo me dijo:

—Marta quiere saber si mañana también puede detenerse un ratito a conversar… que a mí, dice, me hace bien.

Ese pedido desde la soledad me dio pena y no pude negarme.

Así, entre charla y charla, se nos fueron tres meses, hasta que el viernes pasado hallé al pobre viejo sin vida. Tenía una mano posada sobre la foto, pero en la foto, Marta, permítaseme la frase, brillaba por su ausencia. Entonces, perplejo, aparté la vista y descubrí a aquella pareja de jóvenes que, antes de meterse al mar, me saludaron afectuosamente.
Lucía
05 de Septiembre 2018 / 20:36

Selección del día 9: “Antes del mar” de Anubis 05 de Septiembre 2018 / 20:36
Lucía

 

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