Trece soldados atrincherados con temor: un par no logran retener las lágrimas y un tercero se está orinando. El terreno dispuesto entre los dos frentes: incansables ráfagas de muerte lo atraviesan sin clemencia. Quince soldados en la trinchera enemiga: igual de temerosos que los primeros, hacen ruegos para que la batalla concluya. Más allá: un cielo azul agrisado por el humo de la pólvora y un paisaje de montañas siendo testigo mudo de ese drama bélico.
El ex militar no puede contener el llanto: el hermoso plano secuencia de la película retrata con maestría lo que vivió.
Viene un corte y luego un close up a la mirada repleta de angustia de uno de los combatientes.
Un escalofrío embiste al ex militar: sabe que esa mirada es la suya, sabe que es él a quien intenta representar ese actor cuyos ojos abismales poco a poco van ocupando la pantalla. El ex militar se da cuenta que la batalla se repetirá hasta el hartazgo en innumerables salas de cine. Le pasa por la cabeza la idea de destruir cada copia de la película pero sabe que tal empresa es imposible. Mira a su alrededor: decenas de espectadores se entretienen con su angustia. Acaricia el revólver que carga en la bolsa de su saco: regresa un poco de tranquilidad. En la pantalla se muestran los créditos de la película: la batalla queda inconclusa. Saca su mano con el revólver: un disparo será suficiente para darle fin a la batalla.
Luciano Arrerges
12 de Noviembre 2017 / 14:48

Cinéma vérité 12 de Noviembre 2017 / 14:48
Luciano Arrerges

 

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