Un pariente de Augusto Monterroso dio una entrevista a un semanario. En dicho reportaje contó anécdotas. Entre ellas, una aterradora.
Dijo que al autor lo agobiaba un sueño recurrente. Despertaba espantado. Intentaba volver a dormir y a veces lo conseguía, pero se lo impedían los rostros iracundos de Tolstoi, Dostoievski y Balzac, entre otros. Lo señalaban con índice flamígero y le recriminaban que escribiera “textitos”, “minucias”. De pronto surgía Proust: ojeroso, con su mostachón engominado, mordisqueaba una madalena y gritaba:
—¡Chorradas, clichés, blagues!
Los demás reían y mientras lo hacían se convertían en dinosaurios y lo miraban con desdén.
Si lograba conciliar el sueño, cuando despertaba sus detractores seguían ahí.
Meminero Tui
05 de Octubre 2017 / 23:36

Pesadilla 05 de Octubre 2017 / 23:36
Meminero Tui

 

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