Lalito tenía una habilidad especial. Toda pieza artística que recitaba (canciones, poesía, diálogos de telenovela) se tornaba misteriosa invocación cuando las palabras bebían de la saliva en su boca. Era un hechicero en potencia, pero no se preocupaba mucho al respecto. Su hermano mayor, empedernido sesentero, le había taladrado aquella balada suavecita acerca del mirlo cantando en medio de la noche. Destino inevitable, a fuerza de entonarla se apareció un mirlo malherido en su ventana. Lalito lo comandó al vuelo a pesar de las alas rotas. El mirlo, en efecto, voló, y atravesó sin darse cuenta un portal nocturno, resabio del encantamiento. El pajarraco aterrizó en otra ventana de dos siglos atrás. Como estaba abierta y había chimenea quiso entrar a reponerse del tremendo ajetreo. Se posó sobre el busto de Momus que decoraba el escritorio de un poeta. El poeta lo miró, dejó de arrancarse los cabellos que en su desesperación sacrificaba a las musas frígidas, y concibió una idea fenomenal. Cambió al mirlo por un cuervo, porque le pareció de mejor gusto. También hizo otros ajustes.
Virginia Laforet
13 de Septiembre 2017 / 11:37

Momus 13 de Septiembre 2017 / 11:37
Virginia Laforet
         Taller20 de Septiembre 2017 / 20:50
         Laura Elisa Vizcaíno
                  ¡Gracias!21 de Septiembre 2017 / 19:53
                  Virginia Laforet

 

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