MENUDA ODISEA

El barco se acerca a las islas rocosas y Ulises canta muy mal, no puede usar su voz como Orfeo para acallar las melodías de las sirenas. Desea escucharlas, así que ordena ser atado al mástil y que sus tripulantes usen tapones de cera.

Atardece cuando un sonido suave camina sobre la niebla y trepa a la embarcación, se extiende por la cubierta y se enreda en las piernas de Ulises provocándole una erección. Está fuertemente atado y, aunque lucha, no consigue liberarse. Levanta la mirada al cielo enrojecido y entrevé a unos seres que, con elegancia alada, descienden hasta él. Son aves grandes con el rostro y el torso de mujer, los senos desnudos y el pelo largo, de gran belleza.

Al momento dos sirenas le mordisquean los pezones mientras una tercera le ha arrancado el taparrabos con los dientes y lame su virilidad, lo excita, se la introduce en la boca. Detrás, un coro seduce al compás. Ulises está a punto de explotar –con esto no contaba–, igual que sus guerreros, los remos hacia arriba, dale que dale al manubrio.

Las ánforas de vino se vacían y la orgía continúa, menuda odisea. Penélope, mientras, teje.
Sergio Patiño
01 de Septiembre 2017 / 21:09

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