En el verano de mis quince años, en la Siberia extremeña, las noches eran tórridas. El sudor bañaba mi cuerpo desnudo, unos pocos pelillos aquí y allá indicaban mi cambio hacia la edad adulta.
La cama era antigua, alta, con un cabecero de herrajes dorados con bolas en los extremos y un somier de muelles que sonaba al menor movimiento, a pesar del colchón de lana apelmazada.
Colocaba en la mesilla una figura grande de la Virgen de Lourdes fosforescente que inundaba la habitación de una tonalidad verdosa que me encantaba. Dirigía mi mirada a la pared donde tenía un poster de la película “Soldado Azul” y allí estaba mi amor platónico, Candice Bergen, de espaldas, atada, pidiéndome a gritos que la salvara. Mis manos me acariciaban y no sabría decir si era ella o yo. Sin que crujiera ningún hierro, me pellizcaba los pezones y cuando mi erección me lo pedía, me colocaba la almohada entre los muslos y terminaba entre espasmos observando su culo, como si fuera un fuego fatuo.
Mi madre decía, que en el verano desmejoraba.
TARAS VULVA
07 de Agosto 2017 / 06:19

Soldado Azul 07 de Agosto 2017 / 06:19
TARAS VULVA
         Taller08 de Agosto 2017 / 06:57
         SAPO
                  Para Taller08 de Agosto 2017 / 08:02
                  TARAS VULVA
         Comentario10 de Agosto 2017 / 11:01
         letra

 

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