Llegó a la orilla. Las piedras planas donde lavaba permanecían. EL borrico comía con prisa. Mientras descargaba la ropa, quitaba el fuste, y amarraba la soga a un mango, el cuadrúpedo mascaba inadvertido; se dejaba hacer. Se quitó la ropa. Quedó en enagua, y pantaletas holgadas. Se hincó, lavó el mástil del pollino que reiterado comía mientras la moronga iba en aumento.
—No me la des toda, me matarías –advirtió, mientras procuraba dejarle pulcro–, ya estás listo. Veo que te das golpes de panza.
La mozuela fue adelante de su montura y, a gatas, se deshizo de sus bragas, asegurándo que nadie los vería. Las tetas grandes colgaban hambrientas; los pezones, duros.
—Ahora pollino, ven –dijo al colocarse el pelo a un lado del cuello; le jaló el bozal mientras una lengua lamía las comisuras de sus nalgas– Ya, much, much, much... No vayas a andarlo ronzando.
Llena de jugos, con un desmayo perdió el conocimiento. Recibió lo que tanto anhelaba sin notar que la medida no era la esperada. Luego del disfrute cayó a ciegas sobre la enagua y la hierba, por minutos eternos.

Abrió los ojos y vió a su sobrino al pie del mango. Se vestía; al terminar tomó la senda hacia la colina.
Testigo
01 de Agosto 2017 / 13:20

La lavandera del Río Balsas 01 de Agosto 2017 / 13:20

         Le ruego me disculpe. Esta tampoco sirve.01 de Agosto 2017 / 15:28
         Testigo

 

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