Con el primer moratón pedí explicaciones a la niñera. Ella no recordaba ninguna caída ni golpe fortuito. Con los siguientes hablé con Pablito, que simplemente dijo «jugando». Acudí al colegio donde nadie sabía de peleas ni accidentes. La semana que tuvo fiebre y se quedó en cama los cardenales se multiplicaron. La niñera me juró una y otra vez que jamás podría hacerle daño. He instalado cámaras de seguridad por la casa y, pese a todo, su piel está llena de heridas. Por ley, el único lugar sin vigilancia es el baño. Decido entonces acompañarlo siempre y bañarlo yo misma con bálsamos de cúrcuma y sal marina. Él, preocupado, me pregunta si también voy a jugar a comerle a besos, como los patitos de goma, esos cuyos picos de plástico brillan en un rojo intenso.
Mónica Brasca
06 de Julio 2017 / 15:20

Selección del 14/6: Amor animal, de Walkiria 06 de Julio 2017 / 15:20
Mónica Brasca

 

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