A la hora de la siesta, la ciudad era un horno. Y yo me estaba cocinando en la esquina de Lavalle y Belgrano, cuando vi que una chica venía caminando por Lavalle con un paraguas abierto. Con este sol eso no tendría nada de extraño, sino fuera por el hecho de que llovía debajo del paraguas. Era una lluvia tenue, de esas que mojan al cabo de un rato. Ella se detuvo a mi lado.

—¿No sabés si ya pasó el 223? —me preguntó.

—Debe pasar en cualquier momento —demoré en responder.

La chica giró una perilla en el mango del paraguas y la lluvia se incrementó de manera considerable. Se la veía tan a gusto que dolía.

—¡Qué sol para esta esquina sin sombra! —dije chambonamente al tiempo que me secaba el sudor de la cara.

—Si no te importa mojarte… —dijo la chica, haciéndome un lugar bajo el paraguas.

Y de repente oí mi nombre como un eco lejano, y sentí que me zamarreaban y que me palmeaban las mejillas. Era la impuntual de mi novia.

—¡Estás empapado!, ¿qué te pasó? —dijo.

—No le pregunté cómo se llamaba —atiné a contestar.

—¿Cómo se llamaba quién?

—¡La chica del paraguas! —exclamé, mientras la observaba ascender, completamente seca, al 223.
Lepes
18 de Mayo 2017 / 02:01

La chica del paraguas 18 de Mayo 2017 / 02:01
Lepes
         Seleccionada26 de Mayo 2017 / 06:00
         Carmen Simón

 

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