Dicen que nunca pasa nada interesante en los pueblos de provincia, pero se equivocan. En el mío llevamos trece meses de invierno. Al principio la gente no le daba importancia —«el cambio climático», decían a modo de chanza—, pero ahora hace tiempo que no hablan de otra cosa. Se preguntan si en el resto del país sucederá lo mismo. Nadie lo sabe. La televisión, la radio, internet, todo está fuera de servicio. Hay quienes proponen mandar voluntarios a las localidades vecinas, pero en cuanto alguien se aleja del pueblo, se enfrenta a un clima por demás crudo. Tan solo a un par de kilómetros, la nieve se extiende como un atroz mar blanco. No hay vehículo ni piernas que lo resistan. Afortunadamente, aunque en el pueblo el frío tampoco muestra demasiada clemencia, la nieve continúa siéndonos ajena… Suspiro, dejo el lápiz anclado entre números, y miro a través de la ventana. Entonces mamá cierra la Biblia, y me pregunta, con voz fingidamente luminosa, si necesito ayuda. Le digo que sí. Ella me explica cómo resolver las divisiones con decimales, y ya no piensa en el frío, en la falta de provisiones, en ese viento ronco que la desvela. Sonríe. Le devuelvo la sonrisa y le pido que me ayude con historia. «¿De qué época hablamos, Kathy?», se entusiasma, y antes de que le responda, «De la Revolución de Mayo», se pone a hojear el trabajo práctico. No sé durante cuánto tiempo voy a poder entretenerla, pero ojalá que esos copos de nieve que acabo de ver no sean más que una ilusión.
Persephone
18 de Abril 2017 / 15:04

Las dos caras de la ventana 18 de Abril 2017 / 15:04
Persephone
         Taller22 de Abril 2017 / 09:57
         Carmen Simón

 

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