Nos sentábamos en el escalón de enfrente y, con el olor a pan recién hecho, el estómago se retorcía en espasmos. A veces, cuando se quemaba una hornada, la panadera nos repartía unos bollos negruzcos que sabían a gloria.

Todavía hoy el pan me huele a hambre. Solo puedo comerlo retostado, con aquel mismo gusto a carbonilla.
Rudolf
10 de Abril 2017 / 14:14

La tahona 10 de Abril 2017 / 14:14
Rudolf
         Taller13 de Abril 2017 / 13:43
         Dakiny

 

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