Papá se fue con la lluvia y aún no ha vuelto. Christian lo espera junto a la ventana, con la nariz aplastada, por momentos, contra el vidrio. Pero enseguida se desilusiona al comprobar que sus ojos lo han traicionado otra vez. Y la nariz le queda roja. “Como de payaso”, le digo, y Christian se encoge de hombros y vuelve a perderse en la distancia. No hay fuerza en el mundo que sea capaz de apartarlo por más de cinco minutos de la ventana. Por las noches lo tapo con una manta, y le dejo algún refrigerio y un vaso de leche sobre la mesa ratona. ¡Si tan solo dejara de llover!, lo podría sacar al jardín a tomar aire fresco con la excusa de otear mejor el sendero; pero no, parece que el tiempo estuviese contra nosotros o que a Dios se le hubiera dado por iniciar un nuevo diluvio. Estoy preocupada. Lo único que hace Christian es quedarse ahí, hora tras hora, día tras día, semana tras semana. Ojalá papá vuelva pronto. Yo también lo extraño. Pero mejor será que ahora duerma, que mañana tengo que ir al pueblo a comprar…

¿Y esa algarabía? ¡Christian!

Salgo de mi cuarto sin ponerme las pantuflas y descubro a Christian y a papá tomados de la mano. Me sonríen, y juntos se marchan de la casa. Entonces deja de llover.
Amy Pond
01 de Abril 2017 / 03:41

Hace semanas 01 de Abril 2017 / 03:41
Amy Pond
         Taller10 de Abril 2017 / 13:25
         Elisa A.

 

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